miércoles, 7 de diciembre de 2011

Pequeñas historias acerca de un camino (II)

Llevaba semanas andando, me dolían los pies, mi cuerpo no podía más. Apenas tenía comida y mi cantimplora debía estar más que seca. Sin embargo era el camino que tenía que seguir, era mi camino. Cansado, pero con ganas de seguir. Me encontraba subiendo una de las cuestas más empinadas de todo el camino, que parecía no tener fin. Al ver desde abajo tal pendiente te entran ganas de volver por donde viniste. No sabes qué hay detrás de esa pendiente, no tienes ni idea de lo que puede depararte la bajada de aquella rampa escalofriante. Poco antes de llegar al final de la misma, me encontré con un hombre. Estaba durmiendo bajo la sombra de un árbol. Se levantó, me miró de arriba a abajo y me habló. Me dijo que no podía continuar por aquel terreno. Que continuara mi camino por otro lado. Le dije que no tenía nociones de orientación y que me habían indicado esa dirección para llegar a mi destino. Él me contestó que lo sentía, pero que no podía dejarme pasar. Sin embargo, me recomendó que cruzara campo a través y que en unos kilómetros, no sabía cuántos, encontraría un lugar en el que podrían indicarme e incluso darme algo de comida y asilo por unos días. No me quedaba otra opción. 

lunes, 14 de noviembre de 2011

Pequeñas historias acerca de un camino

"Coge estas botas y emprende tu camino". ¿Botas? Aquello no eran unas botas. Lo que el viejo me ofrecía era un trozo de tela mal cosido. Esas botas tenían por lo menos medio siglo: estaban rotas, viejas, harapientas, olían mal y no eran de mi número. Sin embargo, yo estaba descalzo y era lo único que tenía... así que las cogí y me las puse. El viejo me señaló el camino. Miré al frente y encontré ante mis ojos un sendero en pésimas condiciones, lleno de gravilla y piedras. Las botas no soportarían semejante terreno. Además, el camino que me esperaba era largo. ¿Qué sería de mí? Nunca lo sabré si no confío en el destino y avanzo...

sábado, 8 de octubre de 2011

Realidades paralelas

Estoy aquí y allí a la vez. 
Estoy en un mundo y en el otro.
Estoy pero no estoy. 
Estoy pero estoy. 
Sensaciones que hacen de mi vida dos realidades.
Dos mundos.
Dos espacios. 
Sensaciones que se repelen.
Sensaciones que no quieren saber una de la otra. 

Una vez pensé que no sería posible, pero luego sí lo fue. Ahí estaba, delante de la puerta que separa ambas realidades. Una extraña nebulosa compuesta de emociones etéreas pero reales. Debía pasar una y otra vez por aquella compuerta de sensaciones. En un lado me sentía cómodo, me sentía feliz. Era mi lugar, era donde quería estar. En el otro lado, en parte viajaba al pasado, pero seguía siendo el presente. Un presente latente del que me quiero despegar, un presente que quiero que sea pasado y que a la vez lo es. Un presente  que me hace cada día estar más enamorado de la zona opuesta de la puerta transitoria. 

Y es que a veces crees vivir en dos lugares distintos. Dos lugares que son uno pero se convierten en dos, porque el sentimiento les separa. Sentimiento de estar viviendo una falacia. Sentimiento de estar viviendo un sueño. Sueños que son reales, y que dejan de ser sueños por la bofetada que te da la realidad. Esa realidad maldita que a veces te hace tener miedo al futuro, que no te deja disfrutar de lo que el presente te ofrece y de lo que has dejado en el pasado, que nunca deja de ser presente. Una reminiscencia es la que aún sigue ligándote a aquello. Hoy, sé que lo que sucede es real, y la realidad ambigua hace de mi realidad clara una realidad más que real. Querer abandonar el pasado no es una opción correcta. Lo correcto es estar frente a la nebulosa sensacional y traspasarla cuando debas hacerlo, aceptando así tu privilegiada posición. 

lunes, 13 de junio de 2011

Cuando el gigante quiso ser grande

De vez en cuando el pastor se giraba y daba un par de silbidos para que las ovejas rezagadas reanudaran su paso. En ese momento la pendiente era ascendente y le costaba bastante subir, era un hombre mayor pero muy joven de espíritu. Su vida era agradable, estar con sus ovejas, llegar a casa y ver a su mujer, los fines de semana sus nietos le visitaban... Era un hombre feliz y con una vida de la que cualquiera estaría orgulloso. Sin duda, él estaba contento, satisfecho de todo lo que había conseguido. Por él y por su familia. 

Unos metros más adelante vio algo que le asombró. Más bien le asustó, esa es la palabra correcta. Vio algo que nadie creería. Se paró en seco para comprobar si aquello era una alucinación o no. Cerró fuerte los ojos y los volvió a abrir. No, no lo era. Delante de él había un gigante. Enorme. El gigante estaba sentado en lo alto de la colina. Miraba para abajo, cabizbajo, triste. Unas lágrimas le caían de sus impresionantes ojos. El pastor no sabía que hacer. Miró hacia atrás y contempló todo lo que había recorrido, no podía volver, no podía deshacer lo que había realizado. Su objetivo estaba por delante. El pastor pensó, meditó y volvió a mirar a aquel ser que tenía en frente. Estaba llorando, su bondad parecía directamente proporcional a su tamaño. Sabía que si se acercaba a él nada podía pasarle. Aquel ser, por muy grande que fuera, no parecía ser peligroso. A veces tenemos miedo a aquello que vemos más grande que nosotros. Sin embargo, lo tememos simplemente por el mero hecho de que no lo conocemos, por la incertidumbre de lo que hay delante. Por ser algo que no entendemos. El pastor, se armó de valor y continuó su marcha hasta donde el gigante se encontraba. Cada vez que se acercaba más grande se hacía, más grande parecía. El pastor llegó hasta su posición y miró hacia arriba totalmente anonadado, el gigante medía por lo menos cincuenta metros, o más, no sabía exactamente cuánto podía ser. El gigante no sabía que ese hombre estaba a su lado y seguía llorando, mirando al horizonte. 

El pastor le tocó la pierna. O una millonésima parte de ella. El gigante ni se inmutó. El pastor no comprendía qué le podía pasar a aquel ser grande. Se decidió a hablar con él. "Hola" fue la primera palabra que de su boca salió. Pero no obtuvo respuesta alguna. Volvió a repetir el saludo mucho más fuerte y el resultado fue el mismo. Miró a su alrededor  y comprobó que había unas piedras de considerable tamaño. Suficientes para abrir la cabeza a cualquier ser humano pero válidas para hacer unas pequeñas cosquillas al grandullón. Cogió una de ellas, le ocupaba toda la palma de la mano. Cogió impulso con el brazo y la lanzó todo lo fuerte que pudo contra el muslo que pertenecía a la pierna de aquella torre de carne y hueso.

El gigante notó un cierto toquecito en su pierna derecha. Miró hacia abajo y vio a un señor mirándole fijamente con la cabeza hacia arriba, parecía que se iba a romper el cuello con tal postura. Dio un respingo, como el típico susto al ver algo que no esperas. Pero nada más, luego se dio cuenta que no había amenaza para él.

-¿Qué haces ahí abajo? – preguntó el gigante.
-Básicamente es que no puedo estar ahí arriba – contestó con un ligero tono de desconfianza, pero seguro de sí mismo.
-¿Quieres que te enseñe lo que puedo ver desde aquí? – le propuso el enorme, humano, podríamos decir.
- Si me prometes que no me va a suceder nada… - tanteó el pastor.
- ¿Qué podría pasarte? Si no confías en mí lo entiendo, nadie confía en mi… - la voz del gigante se tambaleó, parecía que iba a llorar.

En ese momento al pastor se le encogió el corazón. No quería haber dicho eso. Parecía que había herido a aquello que, a priori, nunca imaginaría que podría herir. Ahora se sentía fatal, de pronto la conciencia le pesaba cien kilos más.

- Lo siento, no quería decir eso. Simplemente tú al ser tan grande y yo tan pequeño…
- No te preocupes, lo entiendo. Sin embargo, no sólo los de tu tamaño han desconfiado de mí.
- ¿A qué te refieres?

El gigante le tendió la mano y le hizo un gesto con la cabeza como para que el pastor subiera a esa palma del tamaño de un crucero. El pastor, esta vez, no dudó. Subió confiando en él. Era grande, pero no peligroso. Cuando se subió, la mano subió hasta la altura de la cara del gigante. El pastor sintió vértigo ante tal maniobra. De pronto todo lo que tenía a sus pies se quedó muy pero que muy abajo.

- Observa tu mundo como yo lo veo. Todo lo que ves está tan lejos desde abajo que no podrías saber a qué distancia está. Yo soy capaz de ver lo que tu no ves, simplemente porque soy más grande. Sin embargo, ¿de qué me sirve ser tan grande? Soy grande sólo en este mundo. Yo vengo de un sitio en el que todo es de mi tamaño. Y hay otros gigantes, pero todos son mejores que yo en algo. Por eso vengo aquí, a tu sitio, donde para mi las cosas son más pequeñas, donde los árboles son pequeños palitos, donde los lagos son charcos para mí, donde las montañas son simples piedrecitas. Vengo aquí para sentirme más grande – la voz del gigante hablaba con un tono triste.
- ¿Y te sientes más grande? – le preguntó el pastor.
- Soy más grande, pero no consigo sentirme más grande – esa era su frustración.
-¿Y por qué sigues aquí? No por ser más grande por fuera vas a ser más grande por dentro. Pero lo mismo ocurre en el lugar de donde vienes. Todos sois del mismo tamaño por fuera, pero no por dentro.
- Por eso estoy triste.
- ¿Crees que no puedes ser tan grande como otros?
- Sí, lo creo. Nadie confía en mi. Como tú antes desde abajo.
- Yo no confiaba en un principio y, sin embargo, he tenido el valor de acercarme. Pero, ¿tu confías en ti mismo?
- Creo que no…
- Ahí está el problema. Si tu no crees que puedes, ¿cómo lo van a creer los demás? No debes guiarte por lo que los demás piensen o crean. Debes ser tú mismo, creer en ti y luchar por lo que quieres. Tú haces tu vida, tú decides lo que haces. El resto da igual.

El gigante comprendió lo que el pastor quería decirle. Él buscaba sentirse bien consigo mismo en aquel lugar más pequeño. Sin embargo donde debía sentirse a gusto era en su lugar. Donde podía vivir porque todo era lo suficientemente grande como para no destrozarlo.

-Dime, ¿qué te gustaría hacer? – preguntó con mucha curiosidad el pastor.
- Me gustaría ser explorador. Quiero meterme en los bosques más peligrosos, ver animales que nadie ha visto y oler flores que nadie ha olido.
- ¿Qué te impide hacerlo?
- Todos se reirían de mí – se lamentó el gigante.
-Ya sabes lo que tienes que hacer con lo que opine el resto. Ahora te voy a decir lo que debes hacer con lo que quieres hacer: hazlo. Coge un cuchillo, un zurrón y una bota con agua. Métete en el bosque más frondoso y caza, construye y sobrevive. Hazlo sin más. No tengas miedo de que un oso aparezca. Aprovecha esa oportunidad. Si hay algún camino cortado, invéntate otro. Si crees alguna vez que tus piernas no pueden andar más, descansa y continúa más tarde. Pero nunca, absolutamente nunca, abandones. El explorador explora, igual que el pastor ayuda a sus ovejas a pastar. Nunca digas que no puedes – concluyó el pastor de forma rotunda.

El gigante entonces sonrió. Miró al pastor fijamente y le dio las gracias. Le dejó en el suelo y se despidió con alegría y tristeza a la vez. Se alejó despacio. Aquel pequeño ser humano le había dicho las cosas más grandes. En ese momento el gigante fue aquel pastor, y el pequeño fue aquel gigante. Ese fue el instante en que el gigante se dio cuenta de lo grande que era, hasta entonces no había sido capaz de percatarse. Hasta entonces no había sido valiente para luchar por lo que él creía.

Lo más sorprendente es que al principio fue el pastor el que se asustó de aquel gigante, pero era el gigante el que realmente estaba asustado.


Ilustración: Nacho Subirats Morate


lunes, 23 de mayo de 2011

Destellos lunares para personas terrestres

El ermitaño estaba sentado sobre la roca dura contemplando el atardecer mientras fumaba una pipa de buen tabaco habano. La brisa de aquel día era perfecta. Suave. Cariñosa. Después de unas cuantas caladas que salían de la boca en forma de aros efímeros se preguntó si esa vida era la que realmente quería llevar. Él estaba solo, y tenía todo el tiempo para meditar y reflexionar. Sin embargo aquella soledad a veces otorgaba demasiada presión sobre él, a veces no era un regalo si no un castigo. Inspiró de nuevo de aquella pipa, esta vez de forma más prolongada y pausada. El humo le pasó por el esófago hasta llegar a los pulmones y revolotear allí dentro. Expiró, soltó con los ojos cerrados la calada que acababa de iniciar instantes antes. Ese era su único amigo, el tabaco. 

"No estás solo". Se oyó una voz, parecía de mujer, y parecía dirigirse a él. Miró en derredor con giros bruscos de cabeza. No vio ninguna mujer, no vio nada. Pero aquella voz le volvió a decir lo mismo. No estaba solo, pero no veía a nadie. De pronto se percató de que apenas quedaba luz del sol y que la Luna cada vez brillaba más. Se quedó mirando fijamente hacia aquella esfera de plata. Su luz iluminaba apenas el maizal de delante. Su luz, blanca como la nieve, dejaba una ambiente frío en aquel territorio árido. Embobado siguió mirando la Luna, la luz era cada vez más fuerte. Tanto, que tuvo que posar su antebrazo sobre sus ojos para evitar mirar directamente hacia aquel haz luminoso. Cuando llevaba un rato con los ojos tapados decidió que era hora de echar un vistazo a lo que ahí estaba ocurriendo. Lentamente, apartó el brazo de su campo de visión y abrió la boca como respuesta a lo que delante se le presentaba. Parecía un fantasma, pero sabía que no lo era. Una mujer, preciosa, levitaba delante de sus ojos. Una mujer con un vestido blanco. Ahí estaba, suspendida en el aire como si en lugar de eso hubiese agua. Sus cabellos flotaban, su vestido ondulaba.

- Estoy contigo, hoy sí - El ermitaño no daba crédito a lo que estaba presenciando. No sabía que estaba ocurriendo delante de sus ojos.
- ¿Quién eres? - preguntó titubeando.
- Soy la Luna, y no está solo - repitió una vez más.

Sin embargo, el ermitaño sabía que eso era mentira. La Luna no podía hablar, la Luna no tenía forma de mujer, la Luna está a miles y miles de kilómetros. Pero aquella mujer de blanco descendió hasta sentarse a su lado. El hombre, asustado dejó caer su pipa e hizo unos movimientos bruscos para intentar levantarse.

- ¿De qué tienes miedo? - dijo aquella voz tan dulce - No soy enemigo, no voy a hacerte daño. ¿Qué podría hacerte yo? - añadió.
- ¿Eres la Luna de verdad?
- Sí, la Luna soy y para estar contigo he venido.
- ¿Por qué hoy? - el ermitaño cada vez estaba más asustado.
- Sólo puedo bajar cuando me ves en mi totalidad, sólo en Luna llena - la mujer que decía ser la Luna cada vez parecía más humana.
- ¿Por qué no apareciste antes? - se extrañó aquel hombre.
- No me lo habías pedido. Hoy tu sentimiento de soledad buscaba un acompañante, hoy pudiste verme y lo deseaste. Destino o casualidad aquí estoy. Te acompaño hasta que la luz del sol me tape.

Todo aquello parecía ser un sueño, seguro que era irreal, no podía estar pasando. ¿Qué estaba sucediendo? ¿Más allá de nuestro diminuto planeta hay una vida paralela? Los planetas están vivos, las constelaciones, las estrellas, los satélites, la Luna. Todo eso era imposible, él estaba solo, y nada más. Puede que aquel tabaco no le hubiese sentado del todo bien. Puede que hubiese algo más que tabaco y fuese aquello lo que le produjese esas alucinaciones.

- No debes tener miedo. No estás solo, siempre que quieras puedes llamarme, siempre que sea Luna llena, estaré contigo porque yo te observo y tu me observas. Porque no estás solo - dijo la mujer de blanco.
- No puedo creerlo, ¿realmente esto está ocurriendo? - la cara de ese hombre reflejaba su incredulidad.

Cuando se convenció, el ermitaño se sentó a su lado. Hablaron durante toda la noche. Se dio cuenta de que la soledad se elige, y de que uno está solo cuando quiere y porque quiere. Sin embargo, aun estando solos sabemos que tenemos a alguien esperando en algún lugar, no sólo del planeta, sino del universo. Porque el universo tiene vida, las estrellas son nuestros sueños y el sol nuestro guía. Nadie está solo, todos estamos acompañados. Aquella noche el ermitaño no estuvo solo, aquella noche, la preciosa Luna le acompañó. Aquella noche fue de reflexión y de vivencias. Porque todos tenemos acompañantes. Sólo debes saber quiénes son, pues la vida es demasiado corta para vivirla solo. Porque si tu quieres, hasta la Luna puede ser tu más preciada amiga.

Ilustración: Nacho Subirats Morate.

viernes, 13 de mayo de 2011

El Enigma del Sombrero - Prólogo

Desde luego ver caer al suelo el sombrero negro de esa manera fue uno de los momentos más tristes de mi vida. ¿Por un sombrero? Diréis. Sí, un sombrero. Porque lo que yo perdí aquella tarde no fue un simple sombrero, fueron millones de recuerdos que volaron, cayeron al asfalto y dos o tres coches los pisaron y aplastaron sin que yo pudiera hacer nada. 

A priori, podría sustituir ese sombrero viejo por uno nuevo e impecable (porque además ya hacía falta), pero lo que no podría remplazar es lo que aquella tarde murió con él. Sé que estaréis intrigados en saber de qué hablo y por qué hablo de esta manera sobre algo tan nimio como un sombrero.

Y es que aquel señor de pelo cano, bigote y gafas de pasta negra decidió comprarlo debido a que el invierno se acercaba dándole la espalda de manera descarada al otoño. De toda la gama de colores se decantó por el negro, más serio, más elegante y más invernal. Ese señor llegó a su casa muy contento por su nueva adquisición. Sin embargo, cuando quiso enseñarle a su esposa cuán grande había sido su su compra, no obtuvo respuesta alguna. Fue directamente al salón pronunciando su nombre, pero nada ni nadie le respondieron, ni siquiera la más ligera brisa que entraba por la ventana. De pronto, el sombrero cayó al suelo, en ese momento sus manos eran las que lo sostenían y no pudieron aguantar tal ligero peso. ¿Cuánto puede pesar un sombrero? ¿Qué diferencia hay con el peso de una pluma? Sin embargo, en ese instante el sombrero pesaba toneladas. La cara de aquel señor estaba totalmente desencajada al observar lo que tenía delante de sus ojos. Una mujer de aproximadamente su misma edad yacía con la mirada perdida en el sofá individual. El hombre, asustado, se acercó a ella tan rápido como sus huesos artríticos le permitieron para intentar hacer volver a su mujer de ese estado desconocido en el que se encontraba. Pronto se dio cuenta de que la mujer que tenía ante sus ojos, aquella que le había acompañado durante tantos años en su vida, hoy le había abandonado. Hoy no se encontraba en la misma habitación que él. Hoy había decidido que su lugar era otro. 

El sombrero negro seguía tendido en el suelo. Este fue el primer acontecimiento de los muchos que iba a presenciar. 

miércoles, 11 de mayo de 2011

El reloj

Una cosa está clara: necesitamos el tiempo para vivir. Pero no el tiempo como ente contínuo y lineal que simplemente está ahí. Necesitamos el tiempo como unidad de medida, que controle nuestras entradas y salidas, nuestras actividades y nuestro momento de acostarnos. Y como es una necesidad imperiosa, yo te otorgo este reloj. Con él podrás viajar en el tiempo, pues nunca dejamos de hacerlo, aunque siempre hacia delante... pero ¿acaso quieres ir hacia atrás? Con él podrás poner orden en el día. Saber cuándo es de día y cuando es de noche, porque la luz del sol no nos basta para conocerlo. Con él podrás disfrutar de lo que tienes a tu alrededor, de los tuyos. Podrás conocer realmente ese tiempo tan valioso que has decidido emplearlo en otras personas y no en ti. Porque tu concepción del tiempo es totalmente distinta, es la de querer lo mejor para los demás y hacernos felices. Porque el tiempo es oro y tu tiempo mucho más, este reloj de la esperanza es para ti. Su valor está en lo que lo rodea, no en lo que es. Su valor es el que quieras darle. Porque el tiempo es algo demasiado valioso en nuestra vida, yo te doy un poco del mío. Cuando portes este reloj te acordarás de lo que significa, cuando mires la hora te acordarás de para qué sirve realmente mirar la hora. Cuando lo lleves, llevarás una parte de mí, y cuando el reloj diga una hora, no estará diciéndola sin más, estará diciéndote que te quiero. Por eso el más simple de los objetos significa para mí el más complejo e importante elemento de la vida: tiempo. Y como hay mil formas de dar un poco de tiempo, espero que sirva para empezar a poder recompensar el que has gastado en mí. Como valoro todo lo que has hecho, te doy las gracias y te digo, te quiero. 

Carta dedicada a alguien especial hoy 11 de Mayo.

martes, 10 de mayo de 2011

El enano del espejo refleja la grandeza comprimida.

Él es así, se pasa las horas jugando y jugando en su habitación. Además no necesita mucho para entretenerse, el simple avión de hojalata que su abuelo le regaló es la mayor de sus pasiones. Corre en círculos simulando que ese pequeño artilugio es la mayor de las máquinas de guerra. Se sube a la cama emocionado y salta hacia el suelo, el avión cae en picado pero consigue enderezarse antes de estamparse contra la superficie. Ha sido una gran hazaña, una gran maniobra, ha sido la mejor de las estrategias para un piloto de su calibre. Porque piloto es el sueño de aquel niño. Piloto de combate, para poder realizar piruetas inimaginables al ojo humano. 


Los sueños, esas pequeñas motivaciones del ser humano que persigue para alcanzar la grandeza. Porque un sueño es un reto, y cada uno vive de los retos que se propone. El niño todavía no sabe qué será de su vida, ni siquiera se lo plantea. Sin embargo tiene una cosa muy clara: le encantan los aviones porque vuelan, porque es algo que el hombre nunca podrá hacer por sí mismo. Porque quiere llegar hasta las nubes, para luego poder bajar y decir que ha estado allí de visita. Toda esa fantasía la transmite mientras lleva de un lado al otro de la habitación ese pequeños símbolo de su objetivo, un simple avión de juguete. No tiene preocupaciones, no conoce la vida real, porque él es pequeño y debe disfrutar de su infancia. Pero algún día se dará cuenta de que el avión que sostiene en sus manos se le queda pequeño, y que necesitará estar dentro de uno grande, enorme, inmenso. Es ese día cuando el niño intentará hacer de su juego una realidad. Muchos le dirán que ser piloto es muy difícil, que no todo el mundo lo consigue y que desde luego necesita sacrificar mucho. Otros le dirán que adelante, que es lo que debe hacer porque si es lo que quiere tiene que hacerlo. Él será el único capaz de decidir lo que le deparará.


De pronto su madre entró en la habitación. Le dijo que llevaba media hora llamándole para comer y que si estaba sordo. El niño se quedó paralizado ante el enfado de su madre. Había estado ausente haciendo esas piruetas inimaginables, no se había enterado de nada. Su madre, le quitó con cuidado el avión de las manos y le dijo que bajara con ella. Al niño no le importó, sabía que podría volver a cogerlo luego. Esta vez era hora de comer. Una cosa está clara, cualquiera nos puede quitar lo que tenemos. Pero nadie nos puede quitar lo que soñamos. Y el niño soñaba con ser piloto. El avión no estaba en sus manos, pero sí la idea de volver a cogerlo, de volver a jugar, de volver a soñar.


Mientras salían de la habitación, pasaron por el espejo del pasillo, ese que siempre había estado ahí. Un espejo de cuerpo entero, se paró en seco y se miró. Su madre se giró extrañada. Sonrió. Le dijo que ya estaba muy grande. Era mentira, son esas mentirijillas que los adultos dicen a los niños para que sean felices, siempre les gusta. Sin embargo no era del todo incierto. Quizá no fuese grande por fuera. Pero era grande por dentro. Porque aquel enano del espejo, refleja la grandeza comprimida.