jueves, 10 de enero de 2013

Pequeñas historias acerca de un camino: 52 semanas después (I)


Durante 52 semanas este diario se ha convertido en un viejo trasto abandonado, un objeto inútil. Pero hoy lo he rescatado, hoy quiero contaros algo. Si creéis que nada ha ocurrido desde entonces, estáis muy equivocados…

El tipo del árbol me indicó, como ya sabéis, que cruzara el campo y que abandonara el camino. Lo que no sabía es que, gracias a que no continué por ese sendero encontré a alguien que me acompañaría a partir de entonces. Cuando caminaba y caminaba vi una pequeña figura delante de mí. En mi cara se dibujó una sonrisa. Aligeré el paso para alcanzarle cuanto antes. Cuando estaba a apenas unos metros le llamé con un pequeño grito. Al girarse me llevé una grata sorpresa, pues a ese muchacho ya le conocí tiempo atrás, casi al principio del sendero… poco después de obtener mis botas viejas y harapientas. Los dos nos alegramos de vernos. Sabíamos que ya no estábamos solos y que el camino juntos no sería tan complicado. 

Tras unas horas andando y hablando sobre lo que era mejor para continuar, sobre lo que deberíamos tener en cuenta y sobre los elementos que teníamos que conseguir para no demorarnos en la búsqueda, llegamos a un pequeño poblado. Apenas había diez casas y parecía estar abandonado. Llamamos a cada una de las puertas una por una, sin obtener respuesta alguna. Sin embargo, cuando creímos haber perdido toda esperanza, una de las últimas puertas se abrió. Nos encontramos ante un hombre un tanto extraño, vestía con un jersey ancho y viejo y tenía el pelo largo recogido en una coleta. Nos preguntó, de forma brusca y antipática, que es lo que queríamos. Le dijimos que necesitábamos cobijo durante un tiempo, que estábamos en mitad de un largo trayecto y que si fuese tan amable de ofrecernos algo de comida estaríamos muy agradecidos. El hombre nos miró de arriba a abajo, escupió hacia un lado y nos invitó a pasar. Al entrar, aquel habitáculo no nos inspiraba mucha confianza. Nos mostró la casa entera y nos ofreció asiento. Hicimos caso. Cuando se sentó nos preguntó qué sabíamos hacer. Rápidamente le comentamos que teníamos nociones de armería y caza, así como que ya habíamos trabajado una vez de leñadores juntos, en un pueblo no muy lejos de allí. A él pareció gustarle lo que le contábamos. Nos ofreció cobijo durante unos días... Nos dijo que deberíamos limpiar aquella chabola a la que él llamaba hogar. Cosa que nos pareció más que lógico. Sin embargo, continuó diciendo que deberíamos llevar leña todos los días, afilar los cuchillos que utilizaba y cazar, al menos, un par de liebres al día para cenar. Esto ya no nos convencía del todo, el tiempo que queríamos usar para descansar y proseguir no compensaba si debíamos estar realizando constantemente tareas. Nuestra situación no hacía de su oferta algo que nos compensara. Decidimos no aceptar su proposición y continuar nuestro camino... Estuvimos bastante desolados y muy indignados con la falta de tacto de aquel hombre. Ofreceríamos todo a cambio de muy poco y bajo un techo poco confortable. No tuvimos que pensar mucho más. La decisión estaba tomada. Por eso, la puerta sonó a nuestras espaldas mientras nos alejábamos de aquel lugar. 

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Pequeñas historias acerca de un camino (II)

Llevaba semanas andando, me dolían los pies, mi cuerpo no podía más. Apenas tenía comida y mi cantimplora debía estar más que seca. Sin embargo era el camino que tenía que seguir, era mi camino. Cansado, pero con ganas de seguir. Me encontraba subiendo una de las cuestas más empinadas de todo el camino, que parecía no tener fin. Al ver desde abajo tal pendiente te entran ganas de volver por donde viniste. No sabes qué hay detrás de esa pendiente, no tienes ni idea de lo que puede depararte la bajada de aquella rampa escalofriante. Poco antes de llegar al final de la misma, me encontré con un hombre. Estaba durmiendo bajo la sombra de un árbol. Se levantó, me miró de arriba a abajo y me habló. Me dijo que no podía continuar por aquel terreno. Que continuara mi camino por otro lado. Le dije que no tenía nociones de orientación y que me habían indicado esa dirección para llegar a mi destino. Él me contestó que lo sentía, pero que no podía dejarme pasar. Sin embargo, me recomendó que cruzara campo a través y que en unos kilómetros, no sabía cuántos, encontraría un lugar en el que podrían indicarme e incluso darme algo de comida y asilo por unos días. No me quedaba otra opción. 

lunes, 14 de noviembre de 2011

Pequeñas historias acerca de un camino

"Coge estas botas y emprende tu camino". ¿Botas? Aquello no eran unas botas. Lo que el viejo me ofrecía era un trozo de tela mal cosido. Esas botas tenían por lo menos medio siglo: estaban rotas, viejas, harapientas, olían mal y no eran de mi número. Sin embargo, yo estaba descalzo y era lo único que tenía... así que las cogí y me las puse. El viejo me señaló el camino. Miré al frente y encontré ante mis ojos un sendero en pésimas condiciones, lleno de gravilla y piedras. Las botas no soportarían semejante terreno. Además, el camino que me esperaba era largo. ¿Qué sería de mí? Nunca lo sabré si no confío en el destino y avanzo...

sábado, 8 de octubre de 2011

Realidades paralelas

Estoy aquí y allí a la vez. 
Estoy en un mundo y en el otro.
Estoy pero no estoy. 
Estoy pero estoy. 
Sensaciones que hacen de mi vida dos realidades.
Dos mundos.
Dos espacios. 
Sensaciones que se repelen.
Sensaciones que no quieren saber una de la otra. 

Una vez pensé que no sería posible, pero luego sí lo fue. Ahí estaba, delante de la puerta que separa ambas realidades. Una extraña nebulosa compuesta de emociones etéreas pero reales. Debía pasar una y otra vez por aquella compuerta de sensaciones. En un lado me sentía cómodo, me sentía feliz. Era mi lugar, era donde quería estar. En el otro lado, en parte viajaba al pasado, pero seguía siendo el presente. Un presente latente del que me quiero despegar, un presente que quiero que sea pasado y que a la vez lo es. Un presente  que me hace cada día estar más enamorado de la zona opuesta de la puerta transitoria. 

Y es que a veces crees vivir en dos lugares distintos. Dos lugares que son uno pero se convierten en dos, porque el sentimiento les separa. Sentimiento de estar viviendo una falacia. Sentimiento de estar viviendo un sueño. Sueños que son reales, y que dejan de ser sueños por la bofetada que te da la realidad. Esa realidad maldita que a veces te hace tener miedo al futuro, que no te deja disfrutar de lo que el presente te ofrece y de lo que has dejado en el pasado, que nunca deja de ser presente. Una reminiscencia es la que aún sigue ligándote a aquello. Hoy, sé que lo que sucede es real, y la realidad ambigua hace de mi realidad clara una realidad más que real. Querer abandonar el pasado no es una opción correcta. Lo correcto es estar frente a la nebulosa sensacional y traspasarla cuando debas hacerlo, aceptando así tu privilegiada posición. 

lunes, 13 de junio de 2011

Cuando el gigante quiso ser grande

De vez en cuando el pastor se giraba y daba un par de silbidos para que las ovejas rezagadas reanudaran su paso. En ese momento la pendiente era ascendente y le costaba bastante subir, era un hombre mayor pero muy joven de espíritu. Su vida era agradable, estar con sus ovejas, llegar a casa y ver a su mujer, los fines de semana sus nietos le visitaban... Era un hombre feliz y con una vida de la que cualquiera estaría orgulloso. Sin duda, él estaba contento, satisfecho de todo lo que había conseguido. Por él y por su familia. 

Unos metros más adelante vio algo que le asombró. Más bien le asustó, esa es la palabra correcta. Vio algo que nadie creería. Se paró en seco para comprobar si aquello era una alucinación o no. Cerró fuerte los ojos y los volvió a abrir. No, no lo era. Delante de él había un gigante. Enorme. El gigante estaba sentado en lo alto de la colina. Miraba para abajo, cabizbajo, triste. Unas lágrimas le caían de sus impresionantes ojos. El pastor no sabía que hacer. Miró hacia atrás y contempló todo lo que había recorrido, no podía volver, no podía deshacer lo que había realizado. Su objetivo estaba por delante. El pastor pensó, meditó y volvió a mirar a aquel ser que tenía en frente. Estaba llorando, su bondad parecía directamente proporcional a su tamaño. Sabía que si se acercaba a él nada podía pasarle. Aquel ser, por muy grande que fuera, no parecía ser peligroso. A veces tenemos miedo a aquello que vemos más grande que nosotros. Sin embargo, lo tememos simplemente por el mero hecho de que no lo conocemos, por la incertidumbre de lo que hay delante. Por ser algo que no entendemos. El pastor, se armó de valor y continuó su marcha hasta donde el gigante se encontraba. Cada vez que se acercaba más grande se hacía, más grande parecía. El pastor llegó hasta su posición y miró hacia arriba totalmente anonadado, el gigante medía por lo menos cincuenta metros, o más, no sabía exactamente cuánto podía ser. El gigante no sabía que ese hombre estaba a su lado y seguía llorando, mirando al horizonte. 

El pastor le tocó la pierna. O una millonésima parte de ella. El gigante ni se inmutó. El pastor no comprendía qué le podía pasar a aquel ser grande. Se decidió a hablar con él. "Hola" fue la primera palabra que de su boca salió. Pero no obtuvo respuesta alguna. Volvió a repetir el saludo mucho más fuerte y el resultado fue el mismo. Miró a su alrededor  y comprobó que había unas piedras de considerable tamaño. Suficientes para abrir la cabeza a cualquier ser humano pero válidas para hacer unas pequeñas cosquillas al grandullón. Cogió una de ellas, le ocupaba toda la palma de la mano. Cogió impulso con el brazo y la lanzó todo lo fuerte que pudo contra el muslo que pertenecía a la pierna de aquella torre de carne y hueso.

El gigante notó un cierto toquecito en su pierna derecha. Miró hacia abajo y vio a un señor mirándole fijamente con la cabeza hacia arriba, parecía que se iba a romper el cuello con tal postura. Dio un respingo, como el típico susto al ver algo que no esperas. Pero nada más, luego se dio cuenta que no había amenaza para él.

-¿Qué haces ahí abajo? – preguntó el gigante.
-Básicamente es que no puedo estar ahí arriba – contestó con un ligero tono de desconfianza, pero seguro de sí mismo.
-¿Quieres que te enseñe lo que puedo ver desde aquí? – le propuso el enorme, humano, podríamos decir.
- Si me prometes que no me va a suceder nada… - tanteó el pastor.
- ¿Qué podría pasarte? Si no confías en mí lo entiendo, nadie confía en mi… - la voz del gigante se tambaleó, parecía que iba a llorar.

En ese momento al pastor se le encogió el corazón. No quería haber dicho eso. Parecía que había herido a aquello que, a priori, nunca imaginaría que podría herir. Ahora se sentía fatal, de pronto la conciencia le pesaba cien kilos más.

- Lo siento, no quería decir eso. Simplemente tú al ser tan grande y yo tan pequeño…
- No te preocupes, lo entiendo. Sin embargo, no sólo los de tu tamaño han desconfiado de mí.
- ¿A qué te refieres?

El gigante le tendió la mano y le hizo un gesto con la cabeza como para que el pastor subiera a esa palma del tamaño de un crucero. El pastor, esta vez, no dudó. Subió confiando en él. Era grande, pero no peligroso. Cuando se subió, la mano subió hasta la altura de la cara del gigante. El pastor sintió vértigo ante tal maniobra. De pronto todo lo que tenía a sus pies se quedó muy pero que muy abajo.

- Observa tu mundo como yo lo veo. Todo lo que ves está tan lejos desde abajo que no podrías saber a qué distancia está. Yo soy capaz de ver lo que tu no ves, simplemente porque soy más grande. Sin embargo, ¿de qué me sirve ser tan grande? Soy grande sólo en este mundo. Yo vengo de un sitio en el que todo es de mi tamaño. Y hay otros gigantes, pero todos son mejores que yo en algo. Por eso vengo aquí, a tu sitio, donde para mi las cosas son más pequeñas, donde los árboles son pequeños palitos, donde los lagos son charcos para mí, donde las montañas son simples piedrecitas. Vengo aquí para sentirme más grande – la voz del gigante hablaba con un tono triste.
- ¿Y te sientes más grande? – le preguntó el pastor.
- Soy más grande, pero no consigo sentirme más grande – esa era su frustración.
-¿Y por qué sigues aquí? No por ser más grande por fuera vas a ser más grande por dentro. Pero lo mismo ocurre en el lugar de donde vienes. Todos sois del mismo tamaño por fuera, pero no por dentro.
- Por eso estoy triste.
- ¿Crees que no puedes ser tan grande como otros?
- Sí, lo creo. Nadie confía en mi. Como tú antes desde abajo.
- Yo no confiaba en un principio y, sin embargo, he tenido el valor de acercarme. Pero, ¿tu confías en ti mismo?
- Creo que no…
- Ahí está el problema. Si tu no crees que puedes, ¿cómo lo van a creer los demás? No debes guiarte por lo que los demás piensen o crean. Debes ser tú mismo, creer en ti y luchar por lo que quieres. Tú haces tu vida, tú decides lo que haces. El resto da igual.

El gigante comprendió lo que el pastor quería decirle. Él buscaba sentirse bien consigo mismo en aquel lugar más pequeño. Sin embargo donde debía sentirse a gusto era en su lugar. Donde podía vivir porque todo era lo suficientemente grande como para no destrozarlo.

-Dime, ¿qué te gustaría hacer? – preguntó con mucha curiosidad el pastor.
- Me gustaría ser explorador. Quiero meterme en los bosques más peligrosos, ver animales que nadie ha visto y oler flores que nadie ha olido.
- ¿Qué te impide hacerlo?
- Todos se reirían de mí – se lamentó el gigante.
-Ya sabes lo que tienes que hacer con lo que opine el resto. Ahora te voy a decir lo que debes hacer con lo que quieres hacer: hazlo. Coge un cuchillo, un zurrón y una bota con agua. Métete en el bosque más frondoso y caza, construye y sobrevive. Hazlo sin más. No tengas miedo de que un oso aparezca. Aprovecha esa oportunidad. Si hay algún camino cortado, invéntate otro. Si crees alguna vez que tus piernas no pueden andar más, descansa y continúa más tarde. Pero nunca, absolutamente nunca, abandones. El explorador explora, igual que el pastor ayuda a sus ovejas a pastar. Nunca digas que no puedes – concluyó el pastor de forma rotunda.

El gigante entonces sonrió. Miró al pastor fijamente y le dio las gracias. Le dejó en el suelo y se despidió con alegría y tristeza a la vez. Se alejó despacio. Aquel pequeño ser humano le había dicho las cosas más grandes. En ese momento el gigante fue aquel pastor, y el pequeño fue aquel gigante. Ese fue el instante en que el gigante se dio cuenta de lo grande que era, hasta entonces no había sido capaz de percatarse. Hasta entonces no había sido valiente para luchar por lo que él creía.

Lo más sorprendente es que al principio fue el pastor el que se asustó de aquel gigante, pero era el gigante el que realmente estaba asustado.


Ilustración: Nacho Subirats Morate


lunes, 23 de mayo de 2011

Destellos lunares para personas terrestres

El ermitaño estaba sentado sobre la roca dura contemplando el atardecer mientras fumaba una pipa de buen tabaco habano. La brisa de aquel día era perfecta. Suave. Cariñosa. Después de unas cuantas caladas que salían de la boca en forma de aros efímeros se preguntó si esa vida era la que realmente quería llevar. Él estaba solo, y tenía todo el tiempo para meditar y reflexionar. Sin embargo aquella soledad a veces otorgaba demasiada presión sobre él, a veces no era un regalo si no un castigo. Inspiró de nuevo de aquella pipa, esta vez de forma más prolongada y pausada. El humo le pasó por el esófago hasta llegar a los pulmones y revolotear allí dentro. Expiró, soltó con los ojos cerrados la calada que acababa de iniciar instantes antes. Ese era su único amigo, el tabaco. 

"No estás solo". Se oyó una voz, parecía de mujer, y parecía dirigirse a él. Miró en derredor con giros bruscos de cabeza. No vio ninguna mujer, no vio nada. Pero aquella voz le volvió a decir lo mismo. No estaba solo, pero no veía a nadie. De pronto se percató de que apenas quedaba luz del sol y que la Luna cada vez brillaba más. Se quedó mirando fijamente hacia aquella esfera de plata. Su luz iluminaba apenas el maizal de delante. Su luz, blanca como la nieve, dejaba una ambiente frío en aquel territorio árido. Embobado siguió mirando la Luna, la luz era cada vez más fuerte. Tanto, que tuvo que posar su antebrazo sobre sus ojos para evitar mirar directamente hacia aquel haz luminoso. Cuando llevaba un rato con los ojos tapados decidió que era hora de echar un vistazo a lo que ahí estaba ocurriendo. Lentamente, apartó el brazo de su campo de visión y abrió la boca como respuesta a lo que delante se le presentaba. Parecía un fantasma, pero sabía que no lo era. Una mujer, preciosa, levitaba delante de sus ojos. Una mujer con un vestido blanco. Ahí estaba, suspendida en el aire como si en lugar de eso hubiese agua. Sus cabellos flotaban, su vestido ondulaba.

- Estoy contigo, hoy sí - El ermitaño no daba crédito a lo que estaba presenciando. No sabía que estaba ocurriendo delante de sus ojos.
- ¿Quién eres? - preguntó titubeando.
- Soy la Luna, y no está solo - repitió una vez más.

Sin embargo, el ermitaño sabía que eso era mentira. La Luna no podía hablar, la Luna no tenía forma de mujer, la Luna está a miles y miles de kilómetros. Pero aquella mujer de blanco descendió hasta sentarse a su lado. El hombre, asustado dejó caer su pipa e hizo unos movimientos bruscos para intentar levantarse.

- ¿De qué tienes miedo? - dijo aquella voz tan dulce - No soy enemigo, no voy a hacerte daño. ¿Qué podría hacerte yo? - añadió.
- ¿Eres la Luna de verdad?
- Sí, la Luna soy y para estar contigo he venido.
- ¿Por qué hoy? - el ermitaño cada vez estaba más asustado.
- Sólo puedo bajar cuando me ves en mi totalidad, sólo en Luna llena - la mujer que decía ser la Luna cada vez parecía más humana.
- ¿Por qué no apareciste antes? - se extrañó aquel hombre.
- No me lo habías pedido. Hoy tu sentimiento de soledad buscaba un acompañante, hoy pudiste verme y lo deseaste. Destino o casualidad aquí estoy. Te acompaño hasta que la luz del sol me tape.

Todo aquello parecía ser un sueño, seguro que era irreal, no podía estar pasando. ¿Qué estaba sucediendo? ¿Más allá de nuestro diminuto planeta hay una vida paralela? Los planetas están vivos, las constelaciones, las estrellas, los satélites, la Luna. Todo eso era imposible, él estaba solo, y nada más. Puede que aquel tabaco no le hubiese sentado del todo bien. Puede que hubiese algo más que tabaco y fuese aquello lo que le produjese esas alucinaciones.

- No debes tener miedo. No estás solo, siempre que quieras puedes llamarme, siempre que sea Luna llena, estaré contigo porque yo te observo y tu me observas. Porque no estás solo - dijo la mujer de blanco.
- No puedo creerlo, ¿realmente esto está ocurriendo? - la cara de ese hombre reflejaba su incredulidad.

Cuando se convenció, el ermitaño se sentó a su lado. Hablaron durante toda la noche. Se dio cuenta de que la soledad se elige, y de que uno está solo cuando quiere y porque quiere. Sin embargo, aun estando solos sabemos que tenemos a alguien esperando en algún lugar, no sólo del planeta, sino del universo. Porque el universo tiene vida, las estrellas son nuestros sueños y el sol nuestro guía. Nadie está solo, todos estamos acompañados. Aquella noche el ermitaño no estuvo solo, aquella noche, la preciosa Luna le acompañó. Aquella noche fue de reflexión y de vivencias. Porque todos tenemos acompañantes. Sólo debes saber quiénes son, pues la vida es demasiado corta para vivirla solo. Porque si tu quieres, hasta la Luna puede ser tu más preciada amiga.

Ilustración: Nacho Subirats Morate.