miércoles, 7 de diciembre de 2011

Pequeñas historias acerca de un camino (II)

Llevaba semanas andando, me dolían los pies, mi cuerpo no podía más. Apenas tenía comida y mi cantimplora debía estar más que seca. Sin embargo era el camino que tenía que seguir, era mi camino. Cansado, pero con ganas de seguir. Me encontraba subiendo una de las cuestas más empinadas de todo el camino, que parecía no tener fin. Al ver desde abajo tal pendiente te entran ganas de volver por donde viniste. No sabes qué hay detrás de esa pendiente, no tienes ni idea de lo que puede depararte la bajada de aquella rampa escalofriante. Poco antes de llegar al final de la misma, me encontré con un hombre. Estaba durmiendo bajo la sombra de un árbol. Se levantó, me miró de arriba a abajo y me habló. Me dijo que no podía continuar por aquel terreno. Que continuara mi camino por otro lado. Le dije que no tenía nociones de orientación y que me habían indicado esa dirección para llegar a mi destino. Él me contestó que lo sentía, pero que no podía dejarme pasar. Sin embargo, me recomendó que cruzara campo a través y que en unos kilómetros, no sabía cuántos, encontraría un lugar en el que podrían indicarme e incluso darme algo de comida y asilo por unos días. No me quedaba otra opción.